Actriz de una poderosa energía a la hora de enfrentarse con la cámara, capaz de convertir esa interacción en un puñado de planos que ponen en duda cierto concepto de la “autoría” como algo únicamente atribuible al director, Zarah Leander llevó al melodrama alemán de los años 30 y 40 a las puertas de un manierismo que luego Hollywood y Douglas Sirk –con el que colaboró— terminaron de pulir. Su contribución en esos años resulta apabullante, no tanto por la calidad de las películas en que intervino como por su presencia en ellas, creadora de una gestualidad única.

Damals (L'amante segreta, Rolf Hansen, 1943)

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