Menuda y de buen corazón, pero terremoto y torbellino, Estrellita Castro fue siempre la jovenzuela de poca cultura y enormes dotes artísticas. Su sueño y trayecto: convertirse en artista. Su drama: separarse de su comunidad, una España tradicional, cerrada pero honrada, para triunfar en la gran ciudad o en el extranjero. Embajadora nostálgica de la patria chica, y del salero andaluz, su poder erótico reside en el canto y el baile: actuaciones donde la seducción es perpetuo movimiento, pero que la acercan peligrosamente a la postal folclórica, paralizante, kitsch, como aquel rizo en la frente que nunca quiso cortar.

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