Conchita Montes fue la musa -y amante- de Edgar Neville durante más de cuarenta años. Entre ambos se establece un juego cinematográfico -impregnado del clasicisimo Hollywoodiense y de costumbrismo español- que comparte la dinámica de la inteligencia mediante la alegría vital. Montes encarna las tensiones del cuerpo vivo y enamorado en un sistema fascista, creando una expresión indirecta mediante gestos y miradas que trazan una conversación amorosa basada en las distancias o roces, además de la sutileza verbal. Frente a la mojigatería y represión de la época, construye personajes inteligentes, que tratan de igual a igual a los hombres, e incluso los desafían. Su registro interpretativo es así muy matizado, pasando de las expresiones más íntimas e introspectivas a las más extrovertidas. De este modo, afronta papeles versátiles y desafíos de actuación en que despliega el erotismo desde dos formas principales: la etérea y la intelectual.

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